Domingo 26 de julio: una jornada marcada por las tormentas que vuelve a desencadenar un mar de retrasos en el aeropuerto. En las pantallas solo se leen cancelaciones y demoras; el caos se divisa en el horizonte, amenazante e inevitable.
A medida que aterrizan vuelos con horas de retraso, la situación colapsa, aviones desatendidos y una noche que promete ser crítica: un solo ambulift para toda la operativa y, lo más grave, incapacidad absoluta para reforzar el turno, no por falta de intentos, sino porque al otro lado del teléfono no hay nadie para autorizarlo. Aviones esperando casi dos horas, otros al límite de la cancelación por no poder desembarcar a los pasajeros con movilidad reducida y embarques totalmente caóticos. Nadie da la cara. Ni una sola llamada para interesarse.
Una vez más, la plantilla tiene que encajar el golpe y sufrir la pasividad de una jefatura de servicio que no da la talla y en la que ya nadie cree.